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Menos uva, pero a mayor precio

Las consecuencias de la helada del pasado mes de abril condicionarán el volumen de uva de este año, que se anuncia de muy buena calidad y con precios por encima de los años anteriores.

Menos uva que el año pasado, que fue excepcional en cuanto a cantidades. Muchas parcelas afectadas por las heladas de abril y precios que suben con respecto al año pasado, situándose en torno a una media de 1,10/1,20 euros. Son los valores de vendimia que anticipa Gonzalo Sáenz de Samaniego, gerente de Bodegas Ostatu y buen conocedor del negocio y los trasfondos de este mundo del vino. Relata que “las condiciones en Rioja Alavesa son diferentes dependiendo un poco de la ubicación, pero en esta zona de Samaniego, Villabuena y Navaridas, en la zona que fue más afectada por la helada, nos encontramos con un año con algo de adelanto, aunque se ha ido acortando con respecto a las previsiones que se anunciaban hace unos días, porque la frescura de las últimas semanas ha hecho que la maduración se ralentice un poco, con lo que se va ajustando mejor y además conviene para que la madurez fenólica y la de azúcar vayan más acompasadas”.

En cuanto a volumen de uva, anuncia que “nos encontramos con una cosecha muy corta, hay muy poca uva, bastante menos de lo que parecía que podía haber, aunque con unas calidades bastante satisfactorias y casi diría que excelentes, porque nos estamos encontrando con muy poca uva, pero muy bien madurada, con mucha sanidad y con una vegetación que permite que todavía podamos seguir esperando la evolución óptima y más teniendo en cuenta que en el mes de septiembre está haciendo bastante frío. Eso ayuda sobre todo a conservar la sanidad”.

Con esa perspectiva, si habitualmente hablar de precios es entrar en la pura especulación, porque apenas trascienden los datos globales de cada campaña, en esta situación y a estas alturas de la temporada es difícil saber de precios. “Lo que sí parece lógico es que el precio de la uva tenga un ligero incremento. Hay que tener presente que hay muchos viticultores que van a ver muy reducida su cosecha y en la medida de lo posible hay que saber compensarlo para que la situación sea asimilable y asumible por parte de todos”. Destaca Gonzalo Sáenz de Samaniego que “los precios que se comentan, de hasta 1,20 euros el kilo, suponen una subida con respecto a los precios medios del año pasado, pero también es cierto que tampoco estamos en una coyuntura de mercado que permita salvajadas o disparates”. Por eso, añade, “unas subidas asimilables a las que se viene comentado de 1,10/1,15/1,20 serían unos precios asumibles por el mercado, pero también son unos precios cortos para aquellos viticultores que han sido muy dañados por la helada”.

Y es que en Samaniego “no somos el pueblo más afectado, pero prácticamente el 60% de la jurisdicción del municipio está afectado por la helada” y las medidas de rendimientos aprobadas por el Consejo Regulador para esta campaña y para estos viticultores no gustan nada. “En cuanto a las decisiones del Consejo Regulador no sé cómo valorarlas porque a mi me resultan casi absurdas. Nos vamos a encontrar con un año en el que todos somos conscientes de que el Rioja tiene un 40% afectado por heladas, un 40% de daño, y en el que nuestra capacidad productiva va a ser inferior a la del año pasado. Con lo cual, de seriedad, esas decisiones demuestran poco”. Como se recordará para los viñedos más castigados por la helada se determinó un rendimiento máximo amparable de hasta 4.550 kilos por hectárea en variedades tintas y 6.300 en variedades blancas, mientras que para un segundo grupo menos dañado, dichos rendimientos máximos serían de 5.850 y 8.100 kilos por hectárea, respectivamente. Con carácter general para esta campaña se ha fijado en 7.475 kilos por hectárea para variedades tintas y en 10.350 para variedades blancas.

La propuesta de rendimientos salió adelante gracias a los 147 votos de los 200 presentes en el Consejo Regulador, a los que se sumaron los de UPA posteriormente. Sin embargo, la Unión Agroganadera de Álava (UAGA), la Asociación de Bodegas de Rioja Alavesa (ABRA) y Dolare, las organizaciones de Rioja Alavesa, dejaron clara la negativa o su abstención.

Jesús Bauza, de UAGA, dejó claro que Rioja Alavesa no apoyaba el conjunto de las normas de esta campaña y afirmó que el acuerdo adoptado era “ilegal”, porque en la normativa se fija un techo máximo de un 125%, en el tope más alto, y de 85% en el más bajo, ambos referidos a la cantidad de uva que se puede destinar a la transformación en vino. El problema es que se ha fijado en un 70% el rendimiento en los viñedos más afectados por las heladas “y eso traspasa el rango de la legalidad”, según afirmó el sindicalista y vocal del Consejo.

DE OTRAS NACIONALIDADES Portugueses, marroquíes y africanos. Ésas son las principales nacionalidades de las personas que acuden desde otros países a trabajar en labores de vendimia, aunque también es cierto que hay varias cuadrillas de andaluces y extremeños que se han convertido en habituales. Una de estas personas, portugués, Joao de nombre, es natural de Aveiro, pero vive en Braganza. Para la gente que está con él es, sencillamente, el jefe, porque desde hace mucho tiempo trae y lleva grupos de personas, mujeres y hombres de Portugal, a trabajar en la vendimia, desde el desniete o la espergura a la propia vendimia o la poda.

Ahora se mueve con sus cuadrillas por las zonas de Villabuena de Álava, Samaniego, Leza y, si se tercia, hasta por Uruñuela o Nájera. “Vamos a donde nos llaman o donde conseguimos que nos contraten unas horas o unos días”. Y es que el hecho de acudir un año y otro da confianza a los agricultores o bodegueros, que prefieren contar siempre con gente conocida, primero para la realización seria del trabajo encomendado, y después porque los contratadores saben que deben preparar lugares donde acogerles y están más tranquilos cuando saben que no habrá problemas. Con Joao, desde luego, no hay lugar a bromas. Su gente se nota que lo respeta, que ha establecido normas de comportamiento y todos las cumplen y no hay nada más que asomarse a la nave donde comen o pasan el tiempo entre trabajo y trabajo para apreciar que todo está recogido, incluso el exterior con una pulcra organización de la zona donde se seca la ropa de trabajo, o donde han sacado unos sillones de pvc para tomar el sol. “Aquí no dormimos. Lo hacemos en unas casas que hemos alquilado en el pueblo porque somos muchos y es un jaleo organizar camas o literas y aseos”, comenta.

Cuando llega el trabajo se levantan temprano. Poco antes de las ocho de la mañana ya están al lado de las destartaladas furgonetas que los llevarán hasta las tierras donde van a trabajar o a las bodegas para recibir instrucciones y a partir de ese momento todo es una sucesión de actividad. Dos personas por renque, cada uno con un capazo y con un corquete. Uno trabajando a la derecha y el otro a la izquierda y cuando uno de los capazos está lleno se ayuda al compañero a ponérselo en el hombro para llevarlo y descargar en el remolque, que no suele estar lejos. Mientras, el que ha quedado en el renque, ha ido vendimiando a un lado y al otro para no perder tiempo y cuando llega el compañero se vuelve cada uno a su mano prácticamente sin interrupción.

Así se trabaja hasta la una, más o menos, con interrupciones para desplazarse en las furgonetas o caminando a las otras parcelas que les hayan encomendado. En la mayoría de los casos se come en el campo, a la sombra del remolque o de las cepas. Otros acuden a la localidad donde están alojados y lo normal, al menos en el caso de la gente de Joao, es que con las cuadrillas hayan ido también las mujeres de algunos de los trabajadores, que son quienes se encargan de preparar comidas y cenas: grao de bico (garbanzos) con carne o pescado, patatas con carne o chorizo, arroz o caldo verde y chuletas de cerdo, pechugas rebozadas o pescado, habitualmente.

Por la tarde se sigue con las tareas encomendadas, hasta que el patrón fija la hora de terminar y con pasos cansinos unos, y otros en tono jaranero, regresan a las furgonetas y van directamente a las duchas para asearse y, en algunos casos, salir a tomar un vino a los bares de la localidad. De esta manera, según desvela Joao, habrán cubierto una jornada de trabajo de ocho o nueve horas, aunque en muchos casos se llega a las diez según la urgencia de la bodega.

Hablar de lo que ganan ya es tarea más compleja. No les gusta, aunque al final, el jefe reconoce que les abonan a cinco euros la hora de trabajo. Otra cosa es si ese dinero les llega directamente a ellos, porque lo normal es que el pago se realice al jefe de la cuadrilla por el trabajo realizado por todo el grupo y luego éste pague a cada persona en función del acuerdo que tenga con cada uno o les retenga los gastos de la manutención. En otras ocasiones son las propias bodegas las que organizan sus equipos de temporeros, generalmente con las mismas personas que acuden todos los años a las diferentes tareas de campo. No son muchas: Ostatu, en Samaniego; Torre de Oña, en Páganos; Marqués de Riscal, en Elciego; Luis Cañas, en Villabuena de Álava… Alguna más ha intentado lograr subvenciones del Gobierno Vasco para poder adecuar un espacio para sus trabajadores temporeros, pero al final han desistido ante la cantidad de trabas y papeleo que se les requería y lo exiguo de la ayuda. Como excepción, en Leza existe un albergue que está destinado a estos trabajadores del municipio, gratuito y con todos los servicios. Es tan acogedor que lo utilizan hasta los niños bielorrusos que acuden todos los años a Rioja Alavesa y no se alojan en viviendas familiares.

Finalmente están los que acuden en búsqueda de trabajo a la sede de la UAGA, en Laguardia, justo enfrente de la de la Cuadrilla de Rioja Alavesa. Quienes se concentran allí son personas procedentes de África subsahariana y marroquíes y miran con recelo a quien se dirige a ellos, excepto a quienes buscan trabajadores. Se trata del mayor número de los que se desplazan hasta Rioja Alavesa para trabajar en las labores de la vendimia, ya que suelen rondar entre los 500 y los 600 los que recalan allí durante estas semanas. El sindicato lo que hace es ayudar a que estas personas dispongan de los que establece la legislación: alojamiento, contrato y pago de salarios. Hasta ese aparcamiento acuden los contratadores y allí cierran la colaboración de estas personas con todo el asesoramiento legal, aunque también es cierto que muchos llegan contratados ya en origen.

A los trabajadores de estas procedencias se unen otros como Ibraim, de Senegal, que relata con temor que no tiene papeles y se mueve de una zona a otra, entre Rioja Alavesa y La Rioja, arrastrando una vieja maleta de color rosa, obviando las carreteras más concurridas para evitar las identificaciones de la Guardia Civil. Donde le ofrecen un jornal o una comida se queda a trabajar y al día siguiente marcha hacia otro lugar. Antes eran muchos más los que se movían así desde La Rioja. Ahora su número ha descendido mucho.

CONTROLES DE CALIDAD Cuando estos trabajadores terminan de cargar el remolque se inicia el trabajo en la bodega, aunque antes de pasar a la descarga hay otras personas y procesos que cumplimentar. En Villabuena de Álava, la preciosa fachada de la bodega Luis Cañas no deja ver el trasiego de trabajo que se produce en la parte trasera. Allí está la báscula, la caseta donde se maneja su control, otro pequeño edificio que oficia de laboratorio y muchas personas atentas a la llegada de cada tractor con remolque. Tras preparar los numerosos documentos de control que debe llevar a mano el viticultor, éste, Javier, vecino de Leza, aparca tractor y remolque sobre la báscula y entra en el edificio de control, donde aguardan la administrativa de la bodega, el encargado y la veedora. Allí se facilita todos los datos: nombre del propietario, localidad, paraje y se entregan unas tarjetas que forman parte de la estrategia de trabajo de este bodeguero y que sirve para saber exactamente qué uvas son y cuál es el deposito exacto en el que deben fermentar esas uvas para un vino concreto. La veedora, por su parte, recoge la información cuyo destino es el Consejo Regulador y anota cuidadosamente los datos de procedencia y pesos para que todo se ajuste a las normas de vendimia.

Una vez en el exterior, la máquina para el análisis de los parámetros de las uvas se hunde hasta el fondo de la ‘bañera’, el remolque, y un mecanismo sinfín tritura unas uvas: una vez, que es desechada para no contaminarse con la prueba realizada a un tractor anterior, y otra para enviar el mosto a un pequeño recipiente. El líquido es introducido en un filtrador que lo deja limpio de impurezas y, colocado en una máquina de análisis, en apenas 20 segundos facilita información de cerca de 25 parámetros, fundamentales para el posterior trabajo de elaboración de vino. Todo este proceso de trazabilidad queda registrado en el sistema informático de la bodega y se puede dar paso al siguiente remolque para repetir exactamente los mismos pasos, hasta que termine toda la vendimia.

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